El gran negocio de mantener las playas naturales


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El gran negocio de mantener las playas naturales

Las costas y playas representan uno de los mayores atractivos turísticos de Uruguay y Argentina. Los datos estadísticos demuestran la predilección de turistas y viajeros por las playas de la región. En Uruguay, el verano 2014 que fue un mal año, recibió 2.810.318 turistas de los cuales el 62% de ellos eligió las costas con un nivel de gastos que representó el 85% del total de ingresos por turismo. (Datos publicados en enero 2015 por el Ministerio de Turismo y Deporte del Uruguay que no incluye datos del movimiento interno de turistas).

En el caso de Argentina son conocidas las dificultades para obtener información estadística oficial confiable. Recurrimos al último dato oficial disponible que es el Anuario Estadístico de Turismo 2013 publicado por el Ministerio de Turismo de la Nación. No se informa allí la cantidad de turistas con destino a playas y costas pero, debemos entender, que la región denominada PBA interior (provincia de Buenos Aires interior) contendría a la mayor parte de los turistas playeros.

En la página 134 del mencionado informe se afirma que ese año se movilizaron hacia los destinos turísticos unos 30.242.800 de personas. Un 33,3% (algo más de 10 millones de personas (10.070.853)) lo hizo hacia la región PBA interior con un gasto de 170,2 pesos por día y estadía promedio de 6 días. El cálculo sobre estas cifras ofrece los siguientes resultados: diez millones de turistas que gastaron en promedio 10.284 millones de pesos. En esos días el dólar paralelo cotizaba a 7,56 pesos por unidad lo que representaba una cifra de casi 1.360 millones de dólares de ingresos para la región costera en una temporada.

Ese movimiento turístico representa para los poblados, municipios y habitantes de la costa la mayor fuente de ingresos vía impuestos, inversiones y fuentes de trabajo.

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La gran motivación de ir a la playa

Los turistas buscan playas amplias, buen sol y servicios acordes a su deseo y aspiraciones de bienestar. Y, lo más importante es que pagan por ello. El monto de su inversión en tiempo libre es directamente proporcional al paisaje y comodidades que recibe. A mejores playas y servicios, mayor es el monto que está dispuesto a pagar. Los funcionarios y creativos de las oficinas de turismo locales y provinciales se esmeran en mostrar a sus playas espaciosas y tranquilas con arenas claras dibujadas contra mares azules o verdes de olas transparentes en tonalidades pastel. Muestran, también, dunas y médanos impolutos peinados por el viento y simpáticas aves marinas entre sonrisas y bellos cuerpos al sol. Es que ellos saben que es eso lo que pretende el turista por su dinero. Sin embargo no suele recibirlo.

Los funcionarios, creativos y turistas, saben que esas imágenes idílicas no las encontrarán al llegar al lugar, porque sencillamente no existen o no son posibles. Los funcionarios se esfuerzan por atraer igual a visitantes y los turistas prefieren atesorar la esperanza de encontrar para ellos un espacio exclusivo de belleza natural, amplitud, paz y tranquilidad, eso entre la multitud que vino a buscar lo mismo. De allí proviene la gran proliferación de “áreas privadas” en medio del espacio público. Todos tratan de darle al turista lo que pretende recibir. Para ello, se apropian del paisaje, transforman la naturaleza y privatizan el encanto. Para el resto, casi todos nosotros, quedan las sobras mutiladas del paisaje.

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El discreto desencanto del turista

La reacción del turista ante el desencanto es reducir su gasto y estadía, evidenciar su incomodidad a través de manifestaciones no directas como comentarios despectivos, desidia y desdén hacia el lugar. Al mismo tiempo, planea eliminar ese destino costero en sus próximos viajes y buscar otro más atractivo. La única respuesta de los funcionarios a ello es redoblar la inversión publicitaria.

El resultado de esta silente compulsa es la lenta degradación y pauperización del destino turístico. Su población estable sufre con menos fuentes de trabajo y magros salarios para los puestos que quedan. El erario público se ve resentido por la menor inversión privada y menor actividad económica, por consiguiente recibe menor recaudación. Se ingresa así al círculo vicioso de menor calidad de la inversión privada, menos atractivos para el público, menor recaudación y mayor nivel de gasto público para intentar recuperar la costa y retener turistas. En resumen, menos ingresos genuinos con un mayor volumen de inversión pública, baja calidad del destino turístico y un lento enseñoramiento de la pobreza y marginalidad. Resulta evidente que para cuidar al turista hay que cuidar a la playa.

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La mejor inversión a largo plazo es dejar la playa al natural

Las costas con sus playas, dunas y ecosistemas propios son el resultado de miles de años de evolución. Su paisaje es resultado de un intrincado proceso de intercambio de materiales y energías entre el mar y la tierra. La playa es en apariencia fuerte e indestructible. Sin embargo, su belleza y fortaleza radica en un delicado equilibrio constantemente moldeado por los agentes atmosféricos, las fuerzas de la naturaleza y el biosistema de flora y fauna. Alterar este sutil equilibrio desencadena una serie de acontecimientos del tipo “efecto mariposa” de imprevisibles consecuencias.

El uso abusivo de las playas y la ruptura del natural equilibrio costero culmina en degradación, alejamiento o muerte de la biodiversidad y una brutal depreciación de propiedades y servicios. Nadie quiere ir a una playa degradada, de triste estética y población pauperizada. Al retirarse el turismo de un lugar se pierden puestos de trabajo, la inversión privada es escasa o nula, se recauda mucho menos y hay menos dinero público para destinar a un sitio que dejó de ser auto sustentable. Existen sobrados ejemplos de ello en la costa bonaerense.

Limitar para sobrevivir

En este contexto, es que se debe solicitar a las autoridades la inmediata decisión de detener el acelerado deterioro de nuestras costas y playas. No se trata de la gestión de pequeños grupos de ecologistas o apasionados por la naturaleza, se trata de la calidad de vida y futuro de todos los habitantes costeros. Es una cuestión básica de supervivencia. Nadie, en su sano juicio se puede avocar a destruir su casa y lugar de trabajo. Sin embargo, lo estamos haciendo y con gran ahínco.

Es evidente que se impone la inmediata restricción de la circulación, estacionamiento y realización de competencias o campañas publicitarias de vehículos todo terreno en playas y costas. Camionetas, cuatriciclos y motos enduro deberán ser limitadas a lugares acotados y específicos que no genere alteración de ambiente costero. Hemos propuesto, con anterioridad, un acuerdo entre estancias, comerciantes y municipios para que los primeros destinen un sector improductivo de sus campos para la práctica de esas actividades y sin ingresar a la costa, percibiendo una renta por ello. Los comerciantes podrán seguir rentando esos vehículos y la municipalidad aportará servicios, seguridad y asistencia recaudando dinero por sus servicios. Todos contentos y la playa a salvo.

Se impone, también, la inmediata paralización de proyectos y obras en el área de playas y costas sin contar con informes de impacto ambiental independientes e información abierta a la comunidad. Debe requerirse la inmediata suspensión de los permisos de explotación a privados en áreas de playa hasta que sean revisados por los representantes y aprobados por la comunidad costera.

Por último, convocar a especialistas en el tema para delinear un plan maestro de recuperación de áreas costeras y playas, exponerlos a la consideración pública y decidir con premura su instrumentación. Si no se encaran estas acciones a la brevedad perderemos nuestros paisajes, fuentes de trabajo y futuro. De ustedes depende.

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2 comentarios en “El gran negocio de mantener las playas naturales

  1. Excelente análisis de la situación y propuestas para revertir el caótico estado de las cosas. Lástima que nuestros políticos de turno, no estén a la altura para interpretar tanta racionalidad. Los negociados a corto se imponen por sobre las políticas de estado. Ojajlá, y es un deseo sin muchas esperanzas, las nuevas autoridades que asuman el próximo 10 de diciembre, sean más permeables y por qué no, sensibles.

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