Cesó el clamor


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Cesó el clamor. Argentina durante y después del Mundial de Fútbol de Brasil.  (14-07-2014)

Finalizado ayer el Mundial de fútbol desarrollado en Brasil, dejó explícito que el fútbol es uno de los pocos deportes donde los favoritismos son siempre relativos. También quedó demostrado que es un deporte invadido y desvirtuado por el negocio del espectáculo y la política. Un deporte que estimula tanto el esfuerzo y la dedicación como la simulación, las ventajas extra deportivas y las trampas.

Espectáculo y realismo mágico

Sin embargo, el gran negocio montado en derredor del fútbol no ha podido, todavía, desvirtuarlo. En ese negocio abrevan tanto los medios de comunicación, los políticos inescrupulosos y/o ávidos de popularidad prestada junto a miles de lúmpenes y marginados útiles. Hemos visto a deportistas y cuerpos técnicos dedicados y cultivando el tesón, orgullo y lucha leal en el campo de juego. También, hemos tenido que soportar a vociferantes periodistas exacerbando y calentando los sentimientos primarios de las audiencias cautivas.

Son reprobables aquellos periodistas que estimulaban a voz en cuello actos extremos de pretendida valentía o supuesto heroísmo patriótico. Los que festejan y alientan cantos ofensivos o denigrantes hacia los circunstanciales rivales. Los cronistas, hablando nimiedades durante horas y apelando al realismo mágico, tan sudamericano, para la obtención de los objetivos deportivos. También, los desorbitados relatores y comentaristas apelando a epopeyas y gestas más emparentadas con sangrientas batallas de la antigüedad que con un simple partido de fútbol. Muchos de los posteriores desbordes en la zona del Obelisco de Buenos Aires pueden y deben ser atribuidos a esa estupidez.

Marginalidad e inoperancia

Montados en esos desbordes, pequeños y grandes delincuentes rodeados de lúmpenes y marginados desesperanzados se dedicaron al pillaje, destrozos y variada brutalidad sabedores de su tradicional impunidad. Es muy probable que en el acotado raciocinio de esas personas el loable desempeño de la selección de fútbol argentina sea algo tan extraño a sus intereses como la dignidad o el espíritu cívico.

Tuvimos que asistir, una vez más, a la inoperancia policial para prevenir y eventualmente reprimir a los violentos y marginales. Los cuerpos policiales cargan con el estigma de sus excesos pasados y actuales. Cabe precisar que los inoperantes no son los policías que ponen el cuerpo en la calle, la inoperancia está en las directivas que reciben. Se actuó tarde, insuficiente y mal. Fuimos muchos los que presentimos que algo inadecuado podría ocurrir en los festejos en derredor del Obelisco.

En los últimos 20 años, solo en las movilizaciones espontáneas como la del 8N no hubieron hechos delictivos. En el resto siempre hubo robos, desmanes y violencia. Al parecer, en los escritorios políticos desde donde parten las directivas a la policía nadie tuvo en cuenta esta constante. El resultado fue que durante tres horas 200 delincuentes hicieron lo que quisieron con absoluta impunidad. Le arruinaron la celebración a miles y causaron destrozos y robos por millones de pesos. Algo tan simple como proteger personas y bienes no puede ser tan complicado como nos quieren hacer creer.

Epílogo

Es de esperar que lo ocurrido sea un punto de inflexión para la sociedad argentina. Si aprendemos de estos sucesos podríamos dejar la eterna adolescencia que caracteriza a nuestra sociedad y comenzaríamos a crecer. De lo contrario, estamos condenados a repetir una y otra vez los mismos errores.

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