Buenos Aires, ciudad de los amores torturados


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Buenos Aires, ciudad de los amores torturados

Por Walter Raymond, publicado en El Gran Otro 21-12-2011.

El maltrato se hace a la vista y ante la tolerancia de todos. Es mucho más visible en parques y plazas, pero también ocurre en su propia vereda.

Hay amores que matan, y esos amores viven en Buenos Aires. Lo habitual y obsceno es el abuso, la humillación y el maltrato, muchas veces en público. Sin embargo, estas conductas son aceptadas como normales por la mayoría de las personas y forman parte de la «cultura» local… Me refiero a lo que ocurre con las mascotas.

Casi nada ha cambiado en Buenos Aires desde la época colonial cuando las señoras solían tener una «negrita del coscorrón» para calmar sus «vapores», según recuerda Felipe Pigna, citando a Lafuente Machaín, en Miserias de la colonia. Eran esclavas, indias, pero preferentemente africanas, que servían para descargar en ellas las iras y las frustraciones que solía tener la señora de la casa. Costumbres de la gente «decente y principal», tal como se llamaban a sí mismos esos personajes en la Buenos Aires de entonces.

Hoy, esas «negritas del coscorrón» son los animales, las mascotas supuestamente adoptadas por amor. Sus amos tienen la potestad de ejercer sobre ellos la humillación y la tortura, optando por hacerlo de manera directa, o bien delegándola en terceros. Como en el caso de los paseadores de perros.

Paseando por la desesperación

Es habitual ver paseadores con grupos de 20 y hasta 40 animales trotando y tironeados brutalmente. Los perros de ese cortejo, de todo tamaño y raza, trotan jadeantes y miran de reojo a su paseador temerosos de recibir algún golpe. Porque —debe decirse— la mayoría de los paseadores maltrata y pega a los animales. Los amos prefieren hacer que ignoran esos vejamenes. Es que delegan en terceros la atención que ellos mismos debieran darles. Es que tienen otras cosas «más importantes» que hacer.

Por supuesto que los paseadores no sienten ningún tipo de remordimiento. Cuentan con el consentimiento explícito o sobreentendido de sus amos. Estos avalan el castigo de los paseadores por considerarlo parte de la sumisión natural que debe demostrar el animal. Quizás estén forjando una nueva forma de dolorosa obediencia debida.

Quizás usted haya visto, en algún momento, a alguno de estos animales arrastrado por su paseador a pesar de su evidente urgencia por orinar o defecar. Es que, si su paseador se detiene para facilitarle la tarea al animal, debe recoger el resultado, y eso, además de resultar desagradable es una pérdida de tiempo.

También es probable que usted haya visto a uno de esos animales con los ojos desorbitados por la angustia de ser forzado a trotar bajo el sol y el calor del verano con un bozal que le impide respirar con libertad. Es que a nadie parece importarle que los perros tengan la particularidad de regular su temperatura a través del jadeo y la boca abierta. Con bozal, quedan resguardados los derechos del amo; los del animal no importan.

La insolación ocurre, en parte, por deshidratación y fallas en la regulación de la temperatura interior. Hacerlos trotar con bozal en verano es francamente irresponsable y criminal. Pero amos y paseadores consideran que no es algo tan grave: total, después descansa, dicen. En realidad, no hay gran diferencia entre esta vejación y los encadenamientos de nativos sometidos por los negreros para transportarlos. El vejador actual tiene el mismo glamour y respeto social que tenía el negrero de entonces.

Hay humillaciones y torturas refinadas, pero esas quedan reservadas exclusivamente para sus amos. Es habitual que estilizados ciclistas arrastren a su perro detrás de sí en torno al lago del Rosedal de Palermo. Lo hacen a velocidades más apropiadas para una carrera de fondo que para un paseo con mascota. Es que lo importante en ese lugar es mostrarse y ser visto; el perro es apenas un adminículo más, como un piercing o determinado tipo de anteojos de sol.

Peor aun resulta la execrable conducta de algunas personas que bordean el Campo Municipal de Golf, también en Palermo, manejando su coche mientras el can corre desesperado detrás del automóvil, tratando de alcanzarlo. Es que, para algunos, eso de caminar por la calle junto a su perro constituye una actitud plebeya.

Los modernos émulos del doctor Frankenstein

La manipulación genética siempre ha causado controversia, y muchas veces horror. Existen varios grupos religiosos y de opinión que condenan este tipo de experimentos y prácticas. Pero resulta abrumador ver cómo esas mismas personas festejan los resultados de algunos experimentos genéticos. Los nuevos engendros son exhibidos con orgullo y satisfacción, y son muchas las personas que corren a comprar un espécimen. ¿Qué otra cosa es su perro si no el resultado de una manipulación genética?

Si las empresas de transporte manipularan genéticamente a un ser humano, buscando crear el conductor de larga distancia perfecto, que no se duerma, coma, o necesite descansar, la mayoría de las personas sentiría repulsa, asco y horror. En cambio, cuando se anuncia una nueva raza o cruza de perros para llevar en el bolsillo, sobre la falda o para cazar salamandras, la gente festeja la ocurrencia y desea fervientemente adoptar uno. A veces, la genética no alcanza. Para otorgarle la personalidad y el perfil que el estándar de la raza exige, se mutilan orejas, rabos y otras partes del cuerpo. Al igual que el Frankenstein de Mary Shelley, la creación, aun monstruosa, tenía sentimientos; pero su creador carecía de ellos.

Humillación y algunos pensamientos inquietantes

La brutal necesidad de humillar, maltratar y hasta torturar a otros seres considerados inferiores, y por eso mismo pasibles de humillaciones, no es nueva. Erich Fromm señalaba, ya en el siglo pasado, que esa conducta, en algunas personas y grupos, obedecía a la necesidad de compensar las humillaciones y los maltratos que les eran infligidos por personas u organizaciones consideradas superiores e indiscutibles. Aseguraba luego que este comportamiento constituye uno de los pilares del pensamiento fascista. ¿Será que algunos porteños necesitan humillar a sus mascotas para calmar sus arrebatos fascistas? ¡Un médico ahí, por favor!

Algo de amor y paz

En estos días, estamos por asistir a una de las sesiones de humillación y tortura colectiva de mascotas que suelen cometer los porteños: someterlas a las explosiones de los fuegos artificiales. A muy pocas personas les importan el terror y el sufrimiento de las mascotas en ese delirio. En algunos casos, y para evitar que el pobre animal rompa algo, recurren a los mismos mecanismos que ellos utilizan para solucionar sus conflictos: lo inducen a consumir drogas. ¿Qué otra cosa es sedarlos para disminuir su umbral de atención y dolor durante los estallidos «festivos»?

Quizás los «dueños» comprenden, de alguna manera extraña pero comprenden, que esa conducta es mala e intentan morigerar sus consecuencias. Ese sentimiento de culpa se refleja en el volumen de dinero que se gasta anualmente en alimento balanceado y accesorios de mascotas. Pero está claro que su perro no necesita Ultra Plus Mega Premium ni botitas de charol; solo necesita un poco cariño y respeto. Sea responsable, y no adopte ni compre un perro si no está capacitado para brindarle, personalmente, la atención que quiere y necesita. Recuerde que en la época colonial era bien visto regalar o ceder en comodato algún esclavo; pero usted está en el siglo XXI.

Caballos sobre cemento gris

No solo perros adopta el porteño; también pájaros, caballos, tortugas y otros animales. En el 2010, en el Atlas Ambiental de Buenos Aires, se estimó en más de 1.600 los caballos que habitaban Buenos Aires. La mayoría, pertenecientes a fuerzas de seguridad, clubes de equitación, polo y carreras.

A pesar de existir la prohibición de ingreso y tránsito de vehículos con tracción a sangre, diariamente ingresan a la Capital carritos de cartoneros tirados por escuálidos caballos. Si esos argentinos deben sufrir una economía de subsistencia, seguramente sus caballos deben padecerla mucho más. Por supuesto, esto a casi nadie le importa.

No son los únicos sufrientes en la ciudad de Buenos Aires. Otros caballos padecen diariamente a la vista de todos. ¿Percibió usted la desesperación de los que tiran de los mateos de Plaza Italia, tratando de afirmar sus cascos, resbalando sobre el acerado y liso cemento de avenida Del Libertador? Previamente pasan horas estacionados bajo el sol y respirando el inmundo smog del profuso tránsito que pasa a centímetros de ellos. Se desconoce qué ocurre con esos caballos durante la noche. Es probable que terminen en estrechas celdas con algo de comida y agua. ¿Le recuerda a algo?

Legislar es delegar el problema en otros

Cuando estos temas salen a la luz, lo primero que se pide es una legislación que limite, regule o incluso prohíba ciertas prácticas. Es una manera elegante de no hacer nada. Sirve recordar que legislación sobre el tema existe, solo que no se cumple. Pero no se trata de crear leyes, ni siquiera tampoco de cumplirlas. Sólo se trata de ser humanos.

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